Las falsas creencias sobre el cerebro

¿Quién no ha oído decir que el sólo utilizamos el 10% del potencial de nuestro cerebro? ¿O que las neuronas mueren pero nunca se crean nuevas neuronas? ¿O que la capacidad del aprendizaje disminuye con la edad?

Todo ello son falsas creencias, que tienen una cierta realidad detrás, pero no por ello dejan de ser falsas.

Quizás la más aberrante de todas estas falsas creencias es pensar que sólo usamos una parte de nuestro potencial cerebral, cuando en realidad usamos el 100% del mismo. No reservamos parte de nuestro cerebro, ni tenemos neuronas sin usar. Es cierto que en un momento centramos nuestra actividad sobre partes concretas del cerebro, especializadas en tareas específicas, mientras otras partes trabajan a menor rendimiento, pero eso sería como pensar que usamos un 10 de los músculos de las piernas cuando estamos sentados, sin tener en cuenta que todos nuestros músculos tienen siempre una tonificación, aunque en ese momento no parezca que los estamos usando.

Y aunque es cierto que no nacen muchas nuevas neuronas en un adulto, se ha comprobado que sí existe una mínima regeneración neuronal.

Pero la creación de nuevas neuronas no es algo que deba preocuparnos excesivamente, pues nunca perdemos la capacidad de crear nuevas conexiones neuronales. Y es en las conexiones neuronales donde reside la capacidad de aprendizaje. Y la capacidad de creación de nuevas conexiones no se ve reducida directamente por la edad (aunque pueda serlo con algunos trastornos asociados al envejecimiento), por lo que siempre podemos aprender.

 

Un psicólogo inglés, Raymond Cattell, introdujo la distinción entre la inteligencia fluida y la inteligencia cristalizada. La primera vendría a ser el potencial para ser inteligente, que recibimos al nacer, mientras que la segunda sería el desarrollo de esa capacidad a lo largo de la vida, nutriéndola de nuestra experiencia.

Se han desarrollado diferentes instrumentos para medir tanto la inteligencia fluida como la cristalizada y la mayoría de ellos parece coincidir en que el máximo de la inteligencia fluida se alcanza entre los 18 y los 23 años, mientras que la inteligencia cristalizada nunca deja de crecer.

A nivel neuropsicológico esta dicotomía de la inteligencia es difícil de sostener, aunque exista un sustrato genético o congénito que pueda representar el potencial de inteligencia, en la práctica sólo podemos medir nuestra capacidad de responder al medio (que en el fondo es en lo que se basan todos los instrumentos de medición de la inteligencia) y eso, en realidad, es medir nuestras conexiones neuronales: lo prolijo de nuestras redes, que son el sustrato de nuestra capacidad asociativa, que a su vez es lo que determina nuestra adaptación al medio.

Así pues, todos desarrollamos desde la infancia una redes neuronales que son el sustrato de nuestra inteligencia (y de nuestras emociones, nuestros miedos y muchas más cosas, pero ahora quiero centrarme en la inteligencia), que según estén conformadas nos proporcionan un potencial de respuesta, que sería nuestra inteligencia fluida. Posteriormente, seguimos agregando a estas redes nuevas conexiones, y nuevas subredes, que consolidan nuestro conocimiento sobre el mundo y conforman nuestra inteligencia cristalizada.

Y como siempre tenemos capacidad de crear nuevas conexiones neuronales, nuestra inteligencia nunca deja de crecer.

 

¿Y eso que tiene que ver con el daño cerebral adquirido?

Mucho.

Obviamente, sino no tendría sentido como introducción de este artículo.

Tras un accidente que conlleve daño cerebral adquirido, sea vascular, traumatismo abierto o cerrado, se produce muerte neuronal y rotura de conexiones neuronales.

Pero, como se ha dicho, no importa cuál sea nuestra edad, nuestro cerebro siempre está capacitado para crear nuevas conexiones neuronales.

Según cuál sea el área afectada, el daño cerebral adquirido conlleva diferentes secuelas, desde problemas de movilidad y habla, los más frecuentes, hasta problemas conductuales o distorsiones cognitivas y perceptivas.

Según la gravedad del accidente, las secuelas serán mayores o menores y el trabajo del cerebro para crear nuevas conexiones, compensatorias, será más arduo. Pero en todos los casos se producirán nuevas conexiones y nuevas redes que serán necesarias para suplir a las neuronas y conexiones perdidas.

Como se ha dicho, al contrario de lo que pregona la falsa creencia tan extendida, usamos un 100% del cerebro. Por eso, el daño cerebral nos afecta tan profundamente, ya que desaparecen partes de nuestro cerebro, especializadas en diferentes funciones, que no tienen sustituto. Sin embargo, como también se ha dicho, tenemos la capacidad de aprender a cualquier edad y aprender es crear y reforzar redes neuronales.

Cuando, tras un daño cerebral, nuestro cerebro intenta realizar tareas que antes hacía y descubre que no puede, empieza, de forma espontánea, a crear nuevas conexiones que suplan las funcionalidades perdidas. No es un proceso dirigido, ya que la capacidad de trabajo asociativo del cerebro le indica que hay procesos cortados, caminos perdidos o memoria destruida. Muchos de esos caminos se reconstruyen de forma rápida, otros llevan mucho más trabajo, pero, en el fondo, se trata de construir de nuevo vías de información que ya ha existido y han dejado huellas, aunque ya no estén, por lo que no suele resultar imposible seguirles la pista.

Puede servir como símil el trabajo de restauración de un cuadro deteriorado por los años. El tiempo ha podido hacer estragos, pero el restaurador, armado de paciencia, trata de adivinar los trazos que se han perdido, deduciéndolos de otros trazos próximos o de la visión del conjunto de la obra, o de otras obras similares. Al final, puede que la obra restaurada no sea idéntica al original, pero es mucho más funcional que antes del inicio de la restauración, y puede que el restaurador, con un afán de preciosismo haya introducido algún trazo adicional que no era de la obra original, pero eso no la estropea, sino lo contrario.

 

¿Cómo potenciar la recuperación del daño cerebral adquirido?

Lo dicho en el párrafo anterior podría llevar al equívoco de suponer que, puesto que el cerebro se repara a sí mismo, no necesitamos hacer nada para recuperarnos, que el tiempo acabará reparando todo.

No es así en la mayoría de los casos, porque para que el cerebro pueda reparar lo dañado, primero debe saber qué se ha “perdido” y luego debe saber que el “arreglo” compensatorio ha sido adecuado.

Supongamos el típico caso de pérdida de movilidad, centrándonos en el bíceps derecho, por ejemplo. Lo primero que habrá que hacerle comprender a nuestro dañado cerebro es que hay un músculo del que hemos perdido el control: para ello trabajaremos con las sensaciones del movimiento, dándole movilidad de forma forzada (normalmente es una tarea que realizará un fisioterapeuta). Poco a poco, nuestro cerebro empezará a crear nuevas vías que reconstruirán las percepciones de la movilidad, la visión espacial que producen los diferentes movimientos que genera ese músculo concreto, la estimulación precisa que necesita el bíceps, así como los músculos colindantes que deben trabajar con él, para que el movimiento concreto que se desea se produzca.

Es decir, que deberemos hacer comprender a nuestro cerebro qué se ha perdido para que pueda repararlo. Y esa compresión no es sólo cognitiva, aunque el comprender que falta algo quizás sea lo más importante para la recuperación, sino que tiene importantes componentes sensoriales: visuales, auditivos, kinestésicos y propioceptivos.

Así, es habitual realizar un duro trabajo con fisioterapeutas, logopedas y psicólogos para recuperar la movilidad, la expresividad y la emotividad perdida.

 

El Neurofeedback para el tratamiento del Daño Cerebral Adquirido

El análisis de los electroencefalogramas de una persona aquejada de daño cerebral adquirido muestra una anormal abundancia de ondas lentas, que en algunos casos se alterna con actividades epileptiforme, tales como ondas cortantes, picos, y las descargas de punta-onda lenta.

Aunque existen muchísimos estudios hoy en día sobre los beneficios del Neurofeedback usados junto a otros tratamientos en casos de Daño Cerebral Adquirido, querría nombrar a la que fue pionera en el uso de Neurofeedback para estos trastornos.

Se trata de la neuropsicóloga Margaret Ayers, que en 1981, consciente de los  resultados prometedores del Neurofeedback con la epilepsia, realizó un detallado estudio sobre los efectos del entrenamiento del neurofeedback con personas afectadas por ictus cerebrales. En un principio se centró en el entrenamiento muscular, reforzándolo con ejercicio, biofeedback aplicado a los músculos y neurofeedback; los resultados mostraron que la mejora en el rendimiento muscular era significativamente mejor usando neurofeedback.

Posteriormente, en 1995, repitió la experiencia, pero esta vez controlando las mejoras en los ámbitos físico, cognitivo y emocional. Los que recibieron neurofeedback mostraron una mejoría  del movimiento muscular, mejora de la concentración y memoria a corto plazo y menos cambios de humor. El grupo de control había mejorado algo el movimiento, pero menos que los que recibieron neurofeedback, y ninguna mejora en el estado cognitivo o emocional.

Tras sus primeras investigaciones sobre el efecto del Neurofeedback en el tratamiento de los ictus hemorrágicos e isquémicos, Margaret Ayers extendió en 1986 la experimentación del tratamiento por Neurofeedback a pacientes afectados por traumatismos craneoencefálicos. En total aplicó tratamiento de neurofeedback, en cuatro tandas, a 250 personas afectadas por un traumatismo craneoencefálico. Los resultados fueron espectaculares: los individuos reportaron un aumento de energía y una disminución de la depresión y los arrebatos del mal genio en la primera tanda. Durante la siguiente tanda, las personas informaron de una disminución de la sensibilidad al sonido, a la luz y una capacidad de atención incrementada. En la tercera tanda, todos los individuos tuvieron una reducción de los mareos y los dolores de cabeza hasta desaparecer. En la última tanda, las personas reportaron aumento de la libido y menor confusión de letras o palabras. Además, al término del tratamiento, un 60% había recuperado su  memoria a corto plazo.

 

Diversos estudios y el uso clínico continuado del Neurofeedback estos últimos años han llevado a considerar que tras cualquier caso de Daño Cerebral Adquirido si la terapia que deba realizarse para la recuperación, sea fisioterapia, logopedia o terapia psicológica, se acompaña de Neurofeedback, la recuperación puede acelerarse hasta reducir el tiempo de recuperación a un tercio.

 

Manuel Olalla Pinilla

Psicólogo e Ingeniero Industrial