TRASTORNOS DE ANSIEDAD

ansiedad

¿Qué es la ansiedad?

La mejor forma de entender qué es la ansiedad es pensar en la ansiedad como la reacción física y mental al miedo. Un miedo que no tiene que ser a algo tangible, a veces es al abandono, a que no nos respeten, al ridículo, a la pobreza o a algo que no sabemos ni verbalizar, ni comprender, pero que no por ello deja de aterrarnos.

Podemos considerar la ansiedad como un estado emocional, que generalmente va acompañado de determinadas reacciones físicas de tensión, de desasosiego e inquietud, como anticipación de un peligro o malestar que presentimos o tememos se producirá en el futuro próximo.

Las reacciones físicas que acompañan a la ansiedad son las mismas o muy similares a las asociadas con el estrés: palpitaciones, sudoración, elevación de la temperatura corporal, tensión muscular, etc.

 

Aunque hemos separado conceptualmente el estrés de la ansiedad, ambos son básicamente lo mismo, la preparación del cuerpo y de la mente para la acción (lucha o huida) antes un estímulo amenazante. Sin embargo, se suele considerar que el estrés es la reacción normal del organismo ante un peligro y la ansiedad como la reacción patológica ante el peligro.

 

Tradicionalmente se ha considerado que los trastornos de ansiedad, independientemente del trastorno que se tratase, podían cursar con ataques de pánico y agorafobia, ya que el mantenimiento de un estado de ansiedad extremo podía acabar desencadenando una, o ambos, de estas reacciones. Aunque en la actual clasificación diagnóstica se considera a la agorafobia y al trastorno de pánico dos trastornos con entidad propia, no deja ser común que la ansiedad acabe desencadenando una reacción física vagal descontrolada y ésta a su vez desencadene una agorafobia.

 

Seguidamente se indican los principales trastornos de ansiedad contemplados en la guía diagnóstica de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, que es la más comúnmente utilizada en psicología.

No obstante, los trastornos obsesivos y compulsivos como los trastornos relacionados con traumas y factores de estrés pueden considerarse también trastornos de ansiedad. Puede encontrarse más información en las secciones correspondientes que hablan sobre ellos.

Trastorno de ansiedad por separación

Cuando el miedo a la separación de aquellas personas que con las que más vinculados estamos se convierte en algo patológico, nos encontramos ante un trastorno de ansiedad por separación. Es un trastorno más habitual en niños, pero que también se da en adolescentes y adultos.

Este trastorno va más allá del miedo a la pérdida fundada, es decir, no se trata de que se sienta miedo ante una situación en la sabemos que vamos a perder a una persona querida, sino que nuestra imaginación nos desborda abocándonos a un miedo a la separación no fundamentado en algo real.
Las principales idealizaciones de abandono son:
 

  • Enfermedad, calamidades o muerte de las personas de apego.
  • Ser raptado o perderse.

 

Este miedo puede exteriorizarse de varias formas:
 

  • Resistencia a salir de casa para no separarse de las personas de apego.
  • Miedo a estar solo sin las figuras de apego.
  • Miedo a dormir sin la presencia próxima de las personas de apego.
  • Pesadillas sobre el tema de la separación.
  • Afectación física cuando se produce separación de las figuras de apego.

 

Se considera que se padece este trastorno, cuando los síntomas indicados suran más de 4 semanas en niños y adolescentes, más de 6 meses en adultos y causan deterioro significativo en el ámbito social, académico o laboral.

Mutismo selectivo

Este trastorno consiste en no ser capaz de hablar delante de otras personas en situaciones concretas. Se trata de quedarse literalmente sin palabras en momentos en los que la situación nos obliga a hablar, por culpa de la ansiedad. El miedo a cómo van a reaccionar los otros ante lo que vayamos a decir nos deja mudos.

Para que se pueda hablar de este trastorno debe ser algo recurrente durante al menos un mes, no una situación específica.

También debe cumplirse que ese bloqueo en el habla sea involuntario y nos comporte repercusiones negativas.

Puede darse en niños en la escuela, en adultos en el trabajo o en otras situaciones similares, en los que nos sintamos presionados al hablar.

Fobias

Hay que distinguir entre miedo y fobia. Por ejemplo, a muchas personas les da miedo volar, pero sólo algunas les impide volar o les produce una grave alteración cuando tienen que hacerlo.
Para que ese miedo sea una fobia deben darse las siguientes condiciones:
 

  • Que el miedo sea inmediato ante el estímulo.
  • Se resiste activamente a afrontar la situación fóbica.
  • El miedo es desproporcionado al peligro real.
  • La fobia ha durado más de seis meses.

 

Las fobias más comunes son:
 

  • A animales. Las más habituales son a:

 

    ○ Arañas
    ○ Insectos
    ○ Perros

 

  • Al entorno natural:

 

    ○ A las alturas
    ○ A las tormentas
    ○ Al agua

 

  • A la sangre

 

  • Relacionados con la medicina:

 

    ○ A los hospitales
    ○ A las inyecciones
    ○ A las intervenciones médicas invasivas

 

  • A las lesiones o heridas

 

  • Situacionales, por ejemplo:

 

    ○ A subir a un avión
    ○ A montar en ascensor
    ○ A los sitios cerrados

 

  • Miedo al ahogo o atragantamiento
  • Miedo a vomitar
  • Miedo a sonidos ruidosos
  • Miedo a personas disfrazadas

 

En algunos casos se conoce el origen de la fobia, casi siempre un trauma: por ejemplo, una persona que ha estado a punto de ahogarse puede desarrollar fobia al agua o si hemos sido mordidos por un perro fobia a los perros.

En otros casos la causa de la fobia es un trauma que no somos capaces de recordar, ya sea porque hemos bloqueado su recuerdo o porque no lo asociamos a la fobia actual. Por ejemplo, hemos tenido un accidente de coche y años después se nos desencadena una fobia a conducir o a hacerlo por carreteras o sitios que asociamos al accidente previo, aunque no lo relacionemos de forma consciente.

Por último, hay casos en los que la fobia no tiene una correlación directa con su origen. la ansiedad o miedo que sentimos de forma general o ante una situación no relacionada con la fobia sirve de disparador a un miedo previo o una obsesión, que hasta ese momento no había constituido una fobia.

 

Las fobias se suelen tratar por técnicas conductistas, que suelen ser muy efectivas. Sin embargo, es recomendable ir más allá y trabajar con la ansiedad que ha propiciado la aparición de la fobia, ya sea trabajando el trauma si se conoce o la ansiedad directamente si no se conoce.

Trastorno de ansiedad social

A este trastorno anteriormente se le denominaba fobia social, por las similitudes que tenía con una fobia, pero trasladada a situaciones sociales en las que la persona que lo padece se siente sometido a examen por parte de los demás.

Si se padece este trastorno se siente miedo de exteriorizar la ansiedad ante los demás, se suele dar en casi todas las situaciones sociales, esto provoca que se intente evitar dichas situaciones. Para que se pueda considerar trastorno de ansiedad social los síntomas deben durar más de seis meses y causar un problema personal y funcional.

 

Algunos ejemplos de interacciones a las que se teme cuando se padece este trastorno son:
 

  • Mantener una conversación
  • Reunirse con extraños
  • Ser observado comiendo o bebiendo
  • Actuar delante de otras personas
  • Hablar ante un público

Trastorno de pánico

Las personas que han padecido alguna vez un ataque de pánico lo han sentido como algo terrible y, en la mayoría de los casos, se considera un problema físico para el que no se tiene explicación. También para muchas personas que lo padecen se convierte en un estigma, algo que nos hace diferentes y que no podemos mostrar ante los demás, que nos avergüenza padecer.

 

Todo ello es falso.

 

No es un problema físico, sino una reacción física a la ansiedad. Como se ha comentado previamente, la ansiedad es un sistema de defensa que activa los mecanismos de lucha y huida, pero no siempre es así. Los reptiles y otros animales ante un estímulo atemorizante en vez de huir se paralizan. Lo hacen para reducir sus funciones corporales al máximo y tener más posibilidades de sobrevivir al peligro. Ese mecanismo de defensa es parte del cerebro reptiliano que también el ser humano posee en parte, ya que nuestro cerebro evolucionó del de especies inferiores y morfológicamente hemos conservado esas estructuras reptilianas. Estudios con otras especies han demostrado que aunque el mecanismo de defensa típico de un mamífero sea la lucha y huida, si repetidamente se le somete a situaciones en las que no puede evitar el daño acaba adquiriendo una estrategia de parálisis ante el peligro, que inhibe la lucha y la huida y que se termina consolidando como la única estrategia ante el peligro. A esta reacción, que se denomina indefensión aprendida, también se da en humanos. Se considera que si la estrategia primaria de lucha o huida, propia de nuestro cerebro evolucionado, no es factible recurrimos a la segunda estrategia de parálisis, inherente a nuestro cerebro reptiliano.

Las dos reacciones, tanto la de lucha y huida como la de parálisis, están controladas por nuestro sistema autónomo, la parte de nuestro sistema nervioso que controla las funciones involuntarias. El sistema autónomo se divide en dos partes el simpático, que controla los músculos, que sería el responsable de activar la conducta de lucha y huida, y el parasimpático, que controla las vísceras y es el responsable de la defensa por parálisis, que ralentiza el cuerpo.

Si alguna vez nos hemos mareado cuando nos han sacado sangre o hemos visto a alguien que le ocurría, sabemos que los síntomas son sudoración, bajada de temperatura y mareos. A esto se le denomina reacción vagal y se llama así porque es propiciada por el nervio vago, el principal nervio del sistema parasimpático.

Así pues, podemos considerar el ataque de pánico como la expresión física de una reacción vagal debida a la ansiedad acumulada como manifestación de una estrategia defensiva de nuestro cerebro reptiliano.

 

Tampoco es algo inusual que nos deba avergonzar.

Las estadísticas dicen que entre un 2% y un 3% de la población han padecido ataques de pánico, pero esta estadística es incierta, ya que muchas personas, ante el miedo y la vergüenza, aunque hayan padecido un ataque de pánico no han buscado tratamiento para el mismo ni han manifestado haberlo padecido, por lo que se supone que la prevalencia es mayor de lo que indica la estadística.

Muchas personas padecen reacciones vagales ante situaciones agobiantes, por ejemplo ante una aglomeración en un lugar público, que pueden ser consideradas ataques de pánico y que no se identifican como tales.

Por lo tanto, si padecemos o hemos padecido un ataque de pánico, no debemos pensar que es algo extraño que sólo nos ha pasado a nosotros, sino algo bastante habitual que le ocurre a muchas personas.

 

Algunos de los síntomas típicos de un ataque de pánico son:
 

  • Palpitaciones
  • Sudoración
  • Temblor o sacudidas
  • Sensación de dificultad para respirar
  • Sensación de ahogo
  • Dolor en el pecho
  • Náuseas
  • Mareo o inestabilidad
  • Escalofríos o sensación de calor
  • Hormigueo
  • Sensación de irrealidad
  • Sensación de separarse de uno mismo
  • Miedo a perder el control
  • Miedo a morir

 

Para que un ataque de pánico pueda considerarse parte de un trastorno de pánico es necesario que tras sufrirlo se viva durante más de un mes con miedo a padecer otro ataque de pánico o de conductas encaminadas a evitar la aparición de otro ataque de pánico, que nos causen malestar o afecten a nuestro entorno.

Agorafobia

Cuando tenemos que explicar a un paciente qué es la agorafobia, nuestra explicación básica es que es el miedo al miedo. Es miedo a estar en una situación que sentimos que no podemos controlar y que en esa situación nos desborde la ansiedad, que como hemos dicho en este mismo apartado es una manifestación del miedo.

Casi siempre, después de esta explicación, la mayoría de la gente pregunta si agorafobia no significa miedo a los espacios abiertos. Y la respuesta es que depende de lo que a una persona le dé seguridad o inseguridad; si a alguien estar en un espacio abierto le hace sentir que si se produce una emergencia, normalmente un ataque pánico, no va a ser atendido, puede que su agorafobia se manifieste en espacios abiertos, pero si, por el contrario, cree que en un espacio abierto, sin nada que lo constriña está a gusto, esta persona no asociará el miedo a los espacio abiertos.

 

Los entornos o situaciones que habitualmente a diferentes personas les generan agorafobia son los siguientes:
 

  • Uso de transporte público:

 

    ○ Autobuses
    ○ Taxis
    ○ Trenes
    ○ Barcos
    ○ Aviones

 

  • Espacios abiertos:

 

    ○ Aparcamientos
    ○ Puentes
    ○ El campo
    ○ La calle

 

  • Espacios cerrados:

 

    ○ Cines
    ○ Teatros
    ○ Tiendas
    ○ Centros comerciales

 

  • Entre la gente:

 

    ○ Haciendo cola
    ○ En una aglomeración
    ○ Hora punta

 

  • Estar sólo fuera de casa

 

El principal desencadenante de la agorafobia es haber padecido previamente un ataque de pánico y sentir miedo de volver a padecerlo en lugares donde no se pueda escapar o resulte subjetivamente vergonzoso mostrar los síntomas asociados al ataque de pánico. Sin embargo, no es el único motivo de miedo o vergüenza, por ejemplo en personas mayores podría ser caerse o problemas de incontinencia.

 

Estas situaciones se evitan activamente, lo que suele llevar a deteriorar sustancialmente la vida social y laboral de las personas que la padecen. El caso más extremo, desgraciadamente frecuente, es el negarse a salir de casa.

 

Para diagnosticar agorafobia, el miedo a las situaciones descritas debe durar más de seis meses y debe ser un miedo desproporcionado ante el peligro real de estas situaciones.

Trastorno de ansiedad generalizada

Tradicionalmente se ha diagnosticado trastorno de ansiedad generalizada a aquellas personas que presentaban un cuadro claro de ansiedad clínicamente representativa, pero no podían ser diagnosticados bajo ninguna de las etiquetas diagnósticas relacionadas con la ansiedad o el estrés.

Sin embargo, eso no exactamente así, ya que para ello existe la categoría diagnóstica de otro trastorno de ansiedad no especificado. Para que se cumplan los criterios para este trastorno debe ocurrir que la ansiedad exista durante seis meses, no se pueda controlar, y se manifiesten algunos de las siguientes síntomas:
 

  • Inquietud o sensación de estar atrapado o con los nervios de punta.
  • Fácilmente fatigado.
  • Dificultad para concentrarse o quedarse con la mente en blanco.
  • Irritabilidad.
  • Tensión muscular.
  • Dificultad para dormirse o para continuar durmiendo, o sueño inquieto e insatisfactorio.

 

Tratamiento de la ansiedad con neurofeedback

La aproximación clásica a la mayoría de los trastornos de ansiedad es la técnica conductista. Sin embargo, aunque es un buen método para tratar los síntomas, no es habitual que mediante conductismo se produzca un verdadero cambio emocional, por lo que aunque el síntoma desaparece, tras el tratamiento pueden producirse nuevas manifestaciones de la ansiedad que se sigue padeciendo.

 

Por ello, aunque se parte de una aproximación conductista, ya que el cliente quiere primordialmente que el síntoma deje de afectarle, es recomendable utilizar técnicas adicionales para combatir la base del problema, que pueden ser cognitivo-conductuales, sistémicas, con el apoyo de las técnicas adicionales que sean necesarias.

 

El neurofeedback es un apoyo adicional tanto al tratamiento conductista como al tratamiento a la base de la ansiedad.

En el caso de trastornos de ansiedad, reducirla ayuda tanto en la eliminación de síntomas como en la búsqueda de la base del problema. Al sentir menos ansiedad es más fácil trabajar con técnicas de afrontamiento propias del conductismo y elimina la inhibición que suele ir asociada a la búsqueda del origen de la ansiedad.

Eso se consigue reduciendo la hiperactivación cortical propia de los trastornos de ansiedad, lo que permite a la corteza cingular procesar los estímulos sin una excesiva interferencia perceptiva, como se ha explicado en la sección dedicada al estrés.

También ayuda en la compensación interhemisférica, ya que es habitual que en trastornos de ansiedad se dé dominancia hemisférica en algunos rangos de frecuencias.

Con todo ello, disminuimos la sensación de ansiedad, facilitando la labor de otras técnicas terapéuticas.